domingo, 26 de septiembre de 2010

Me parece




En el auto, de regreso a casa, con un poco de inquietud lo miro y pienso “¿se lo digo?... Sí, ya fue, se lo digo” y hablo.

:- Sabés que… a mí me parece que yo me enamoré de vos… (pausa) No sé, me parece… (hago gestos con las manos como quien no se hace cargo).

A todo esto, yo sonrío. Porque me parece divertido, y porque sí.
Él sonríe, mira hacia adelante, porque claro, está manejando, y me mira y sonríe más.

Yo pienso…siempre lo mismo…no me va a decir nada.

Él habla. Balbucea algo y lo interrumpo sin querer. Le digo cómo lo viví, le cuento las cosas que sentía… Segundos de silencio y habla.

:- Eh… nada… quería decirte que… yo también creo que me enamoré de vos…



Y nada, ahí sonó la alarma y me desperté.

lunes, 20 de septiembre de 2010

Para qué

“Le quisimos presentar a alguien y puso cara de asco. Lo que se pierde la boluda”, escuché por la calle mientras volvía al local con dos ¼ de helado en una bolsa. Y el asunto es que ví a mi doble en esa conversación, al menos dentro de dos semanas. Totalmente asexuada y poniendo cara de asco ante cualquier propuesta que implique la presencia de personas. Helado, engordar como vaca, charlas rápidas con frases alentadoras, nada de quilombos, nada de movimiento.
Una vez leí “No le temas al crecimiento lento. Témele a la quietud”. Entonces ahora ando por ahí horrorizada.
“Yo quería enamorarme”, pienso con tristeza mientras acomodo los almohadones de mi cama… ¿Para qué? ¿Para qué enamorarse de una planta?.
“Quiero intentarlo, quiero enamorarme” ¿Para qué? ¿Para qué enamorarme de un potus?
Y además, en caso de volverme loca por una maceta, no me la banqué. ¿Qué se puede esperar de una regadera bloqueada?

jueves, 16 de septiembre de 2010

Ir al baño

Después de la crisis, un espacio de silencio, unos diez minutos y Car habla:

“En definitiva, me contaste una sarta de boludeces, y no me contaste qué hiciste ayer.”



La sarta de boludeces: eran mis sentimientos. O algo parecido a ello. De pronto me encontré en una encrucijada, a punto de girar hacia la izquierda y darme cuenta de que allá a lo lejos, estaba el pasado…pero no tan lejos si seguía girando en esa posición. Lo ví venir, escapé, supe y siempre sé que no quería volver. Porque todo estaba superado, porque fue una etapa cerrada, pero bien sé de los restos. No quería mirar hacia la izquierda y ver los restos acercarse, amenazantes. De pronto me encontré en un callejón sin salida, ¿qué había hecho?... ¿Fui yo? ¿fui yo sola?. Sabía que no, que él ayudó, pero fue mi culpa construir una imagen sobre esa parte, pero sobre todo y desgraciadamente fue mi culpa construir un muro que bloquee totalmente mis sentimientos…mejor dicho, mi culpa fue destruir mis sentimientos. ¿Cómo pude autoboicotearme de esa manera?... Está bien, es cierto, la imagen o “las formas” que construí partieron de una base. La base fue esa conversación*. No me dí cuenta, creí que realmente había dejado todo de lado, para entregarme, sin miedos. Me entregué, pero no había dejado todo de lado. No lo sabía, lo hice sin querer, eso es lo que me asusta. Eso es lo que me espanta, hacerlo sin querer. Ya lo decía en esas semanas de desbarranque total, cuando papá convencido de mi hipocondría me dijo “Sabés lo que necesitás?...Ahora voy a los chinos y voy a comprar, te tomás un té de tilo y listo.”… “No entendés que necesito dardos tranquilizantes?! Te crees que un té de tilo me hace algo?!”, dije. ¿Y entonces qué? Y entonces até cabos, todo cerraba, todo encajaba. Pero no puedo dejar de sentir este temblor en el estómago. ¿A vos te parece que sean mariposas? Dejate de joder. Pero por favor, el amor es tortura, pero hasta ahí no más. Acá estamos hablando de otra cosa. Otra vez, todo se trataba de volver a mí. Esa es la cuestión. No me parece nada gracioso todo esto, eh?. Y hasta ahora sólo había podido escribir con gracia y exageración sólo después de superado, en el momento en que me producía placer fingir la crisis de mi vida, cuando en realidad, todo estaba bien porque ya había pasado. Y sí, pero hasta ahora tampoco había tenido esa mierda en el vientre, la molestia estomacal, y todas las porquerías que se les ocurran. Y hasta ese momento tampoco había somatizado como la concha de la lora, por un posible embarazo psicológico. Hasta ese momento tantas cosas no fueron. El problema es que ahora a mi cuerpo cualquier cosa le viene bien con tal de no conectarme con lo que siento por él. Todo sería más fácil si pudiera sentirlo en plenitud y por completo. Incluso todo sería más fácil, si él, sabiendo eso, me rompiera en mil pedazos el corazón. Pero no, mi cuerpo esta vez se esmeró en mandarme bien a la mierda, literalmente. ¿Que si consumo fibras? Sí, por supuesto. Pero las fibras no desbloquean el amor naciente. Ahí está. El famoso embarazo psicológico. Y ahora el temblor que no cesa. No hay con qué darle. ¿Y ahora qué carajo hago?. Ayer me fui a la mierda.

Qué hice ayer: Me encontré con el otro. Creí que iba a encontrar una respuesta y sólo me siento peor. Nunca había hecho algo así. Creo que por eso lo hice, porque necesitaba sentir. Necesitaba despabilarme, darme cuenta. Fue casi impulsivo, y ahora me doy cuenta que no sirvo para eso, que no me llevo bien con esas cosas a no ser que se trate de ser impulsivos con un beso, una caricia, una palabra, una charla. Simplemente algo que salga de adentro, para demostrarme que sí, que estoy sintiendo, que no tengo miedo, que mi cuerpo no me traiciona, que mi psiquis no se las rebusca para inventar mecanismos de defensas. Sí, seguimos en la misma. Todo parte de mí. Sí, fue culpa de él también, por hacer planteos pelotudos, por hacerme sentir mal, por no ser concreto, pero por sobre todo, fue culpa mía. Ahora entiendo todo, o al menos el 80%. Eso debería llamarse iluminación, felicidad, pero no sé, sigue llamándose temblor en el estómago. No insistan con las mariposas, porque esperaba que fueran golondrinas y acá estoy, esperando más de mí, esperando algo de mí. Y lo único que hago es ir al baño. Yo sé que hay algo en mí, pero el bloqueo fue más fuerte y el choque fue atroz. Entonces ahora no sé. Simplemente no sé.

Car diría… “cuando quieras podés empezar con lo de ayer, eh”. Y ayer nos besamos. Sí, con el otro. Simplemente pasó, y era obvio que iba a pasar. No pasó a más. Ayer revivimos recuerdos, se acordaba de cosas que ni yo recordaba, se acordaba de detalles que creí que por su naturaleza masculina jamás recordaría, y me sorprendí. Hubo una química parecida. Nos entendíamos, en cierta forma. Pero yo estaba más allá de todo eso. Le dije la verdad, le dije lo mal que estaba y no sabía qué hacer, lo confundida y pedorra que me sentía. Eso hice ayer. Me fui a la mierda mal.

*Leer nota anterior.

domingo, 12 de septiembre de 2010

Ella es un gran rehén

(Nota escrita hace unos meses. Sabrán entender. Reformada hace días. Qué ganas de desperdiciar un buen título.)

No es que me haya despertado de una pesadilla, sobresaltada tomando conciencia de que sólo fue un mal sueño. Es lo que es. Me lo tomo como lo que es. Una patada en los huevos. Una patada al hígado, a lo que soy propensa. Una paralítica en el medio de la ingle.

Después de esa conversación algo cambió. Ahora me duele el hígado y la ingle. Si tuviera huevos, me dolerían.
En esa pesadilla, si lo fuera, era rehén. Me convertía en el rehén más importante de todos los tiempos. Era rehén de historias con finales abiertos.
No hace falta irse de viaje a Sudáfrica para estar lejos. Ni tomar un tren a Rosario. No hace falta convertirme todos los meses en un gran rehén. Puedo estar en la misma cama, y verte tan lejos y volver a sentirme secuestrada, y no verte alrededor feliz por dicha acción. Sino simplemente lejos.

Yo quisiera dormir todos los días en esa misma cama aunque sea un rato y sentir que la palabra Lejos no existe. Que la inventaron hace mucho pero ya no tiene vigencia. Pero también quisiera estar en la misma cama sólo un rato, para sentir la palabra Lejos tan intensa que me presione toda la caja toráxica hasta hacerme doler un pulmón, y saber, y darme cuenta que en esa misma cama es donde quiero estar. Para extrañar, para sentir. Si durmiera todos los días en la misma cama, algún día quisiera irme, y Lejos no sería sólo una palabra, o un ir y venir entre los días que cuento hasta volver feliz a la misma cama, Lejos sería un hecho.
Y ahora Lejos está tan cerca. SG tenía razón, soy Rehén.